Saludos por parte de la Alliance For Nuclear Responsibility („Alianza Por Responsabilidad Nuclear“), una organización no gubernamental californiana de utilidad pública que actúa contra la energía nuclear. La decisión de Uds. de conferirle el Black Planet Award a TEPCO por su negligencia y arrogancia respecto a la catástrofe nuclear continua en el complejo de Fukushima halla su reverberación en nuestro trabajo aquí en los Estados Unidos. Nuestra misión es la de impedir la reactivación de ambos reactores nucleares envejecientes en California que están ubicados en nuestra costa sísmicamente activa y frágil. Los intentos fracasados de la Administración federal reguladora de energía atómica NRC (Nuclear Regulatory Commission) de proteger la población no nos inspiran que muy poca confianza. Por esa razón estamos y estaremos activos a nivel del Estado de California donde la economía y la seguridad de energía nuclear caen directamente en nuestro ámbito de responsabilidad. Por eso cooperamos con nuestra Comisión energética californiana, con las empresas públicas proveedoras de energías y con los legisladores estatales. Desde 2006 sostenemos esas instituciones y sus funcionarios y cooperamos con ellos para indicarles las numerosas inseguridades sísmicas aún desconocidas concerniendo nuestros dos reactores situados en la costa. El reactor nuclear Diablo Canyon tiene la historia más alarmante de todos los reactores en los EE.UU. ¿Si la explotación de ambos vuelve a ser autorizada por veinte años más (de 2025 a 2045), cómo podremos entonces contar con una energía segura y económicamente razonable? Estas son nuestras preguntas.

En los años 1960, la empresa proveedora de energía Pacific Gas & Electric (PG&E) afirmaba que no había alrededor de ella ninguna ruptura o fractura geológica conocida, y la NRC le autorizó los trabajos. Cuanto la planta estaba lista por 90%, fue descubierta una fractura a dos leguas y media de distancia hacia la costa. Entonces, los trabajos fortificadores posteriores por la suma de 4 mil millones de dólares fueron necesarios – y luego esos costos les fueron cargados encima a los consumidores – aunque las investigaciones demostraron negligencias sísmicas por parte de la empresa y oculto de hechos por parte de la NRC. Volvemos a exponer esa historia mientras surgen informaciones sismológicas muy alarmantes (incluyendo el descubrimiento de una nueva ruptura a 600 metros de distancia desde la planta). La NRC no considera necesario actualizar las análisis y los estudios concerniendo los terremotos si se trata de la reautorización de un complejo nuclear con una historia muy inquietante desde el punto de vista sismológico. En marzo de 2010 hemos tenido una conversación personal con el presidente de la NRC cuando esta institución se había negado a posponer la reautorización hasta que la más moderna tecnología digital tridimensional pudiera ser aplicada por el Estado para poder entender los riesgos sismológicos en tierra firme y en mar abierto.

Con mucha tristeza hemos observado, sólo un año después de nuestra cita con la NRC, cómo se han desarrollado los acontecimientos trágicos del complejo nuclear de Fukushima en Japón. Es muy lamentable que una tragedie de una tal dimensión haya debido suceder para mover a nuestros respresentantes elegidos a hacerles caso a las consecuencias eventuales sobre las que los hemos advertido y advertimos desde hace muchos años. Pero como durante esos años hemos creado una basis, finalmente nuestras señales y nuestras informaciones han sido bienvenidas. Mientras los legisladores y las instituciones estatales se muestran accesibles y receptivos, las empresas energéticas y la NRC permanecen intransigentes. Empezaron en seguida una campaña mediática basada sobre la consigna: „Lo que sucedió en Japón nunca puede pasar aquí“. Aseguraron que la central nuclear Diablo Canyon estaba ubicada a 85 pies (casi 26 metros) sobre el nivel del mar y así inaccesible para los tsunamis. Aseguraron que los reactores californianos no se hallaban en una zona subductiva y que nosotros nunca estaríamos confrontados con un terremoto de 9,0 puntos de intensidad. Nos están asegurando ahora que presentarían un reporte sobre las „lecciones aprendidas“ de Fukushima en el plazo de 90 días.

Pero de hecho ellos seguramente no aprendieron nada. Sus reportes de datos, sus cálculos de magnitudes, sus prognósticos y evaluaciones de los movimientos de la tierra, sus cálculos de tasas móviles – todo eso finalmente no valdrá nada. La lección más importante a aprender no exige ciencia sino que es cuestión de psicología: la lección consiste en el hecho que ellos hayan fallado de imaginarse lo inimaginable, y como lo fallaron, fueron incapaces de planificar para consecuencias eventuales.

TEPCO – que no es sin semejanza con las empresas proveedoras nuestras – y las instituciones japonesas reguladoras de energía nuclear – que tienen mucho de común con nuestra propia NRC – muestran presunción y arrogancia que ya están en el límite de un comportamiento criminal. Con sus medidas de racionalización técnicas y tecnológicas inmediatas tratan de asegurarnos que nuestros reactores pueden resistir incluso a la mayor amenaza por parte de la naturaleza. ¿Pero qué pasará si el incidente real sobrepasa las evaluaciones de muchos órdenes de magnitud? Los documentos demuestran ahora que TEPCO tiene una historia prolongada y alarmante concerniendo la supresión de informaciones sobre los terremotos. Allá se sabía de muchos peligros sismológicos – y los otros fallaron de investigarlos. PG&E y la NRC están justamente guiando California sobre la misma vía dudosa e insegura. Más allá del sufrimiento humano, de los refugiados, del paisaje terrestre y marítimo cubierto de heridas hay también las gigantescas consecuencias financieras de la catástrofe de Fukushima. Aunque tal vez parece crudo de reducir el horror sobre los dólares y los centavos, no obstante es a veces un medio tan eficaz como los otros para despertar la atención. Con las evaluaciones que comienzan con 23 mil millones de dólares y alcanzan hasta 100 mil millones de dólares el accidente de Fukushima no se deja comparar con ninguna de las catástrofes anteriores causadas por seres humanos. Aquí en los EE.UU. la responsabilidad estatal federal está limitada sobre 12,6 mil millones de dólares. ¿Entonces, cómo podríamos asegurar el descombro, la descontaminación y el socorro a los afectados de un tal desastre?

El sufrimiento y las pérdidas en Japón no pueden haber sido en vano. Los ciudadanos tienen que efectuar presión a los gobernantes, ponerles cuestiones muy agudas, cuestiones por sí inimaginables – para que así podamos obtener decisiones basadas sobre informaciones y razonables sobre nuestras fuentes de energías. Lo que concierne los factores geológicos, aquello no es una pregunta de „si por eventualidad“ sino de „cuando“. Nosotros los californianos corremos este riesgo día por día. Los habitantes alrededor de Fukushima se habían acostado a víspera del desastre y confiado que TEPCO había hecho todo lo necesario para garantizar su bienestar y seguridad. Pero TEPCO no lo hizo. Las autoridades responsables no lo hicieron tampoco. Somos nosotros los que tenemos que hacerlo. E igual que en el caso de los factores geológicos no es una pregunta de „si generalmente“ sino que de „cuando“.

Y ya es hora de hacerlo.

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